
Como castellana campesina educada en las buenas costumbres y preceptos morales de la magnánima Iglesia del Dictador Bajo Palio, mi madre negó siempre a sus hijas el inocente coqueteo, la impúdica desnudez de los veranos en el río, la pueril ansia succionadora de cuellos imberbes, los fugaces cosquilleos en los muslos del compañero de pupitre, la salvaje embestida del cucharón de la sopa protegida por la oscuridad de una casa abandonada para ir a la sega.
Sólo regurgitó una palabra al morir.
Coitus.

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